sábado, 25 de enero de 2014

Como los colores primarios.

Un buen final es casi tan necesario como un buen principio. Claro que hay quien dice que lo que bien empieza, bien acaba. Sin embargo, creo que lo único realmente necesario es un buen proceso creador, un adecuado desarrollo de las circunstancias para que sean capaz de generar una buena consecuencia.
Es como cuando te vas de viaje largo en coche y te lo pasas mejor en la carretera que en la meta al final del camino.  Esa idea es fácilmente aplicable a la mayoría de los aspectos, salvo cuando se trata de escribir un texto. Cuando tienes que plasmar en una hoja de Word ideas fantásticas, frases innovadoras que cautiven, que enganche, que hagan sonreír, pensar o llorar no importa si tuviste que tomar pastillas para el dolor de cabeza, si tuviste que renegar o maldecir por no tener inspiración o si te zampaste miles de magdalenas por la frustración de no tener nada qué decir. Cuando se trata de escribir no importa en dónde estés, con quién o haciendo qué; lo único realmente importante para los demás es el producto finalizado, publicado y, lo vital y necesario, leído.
A nadie le importa si Van Gogh perdió la oreja peleando con el gran Paul Gauguin o si la perdió rasurándose la patilla; lo que se valora es su arte, las miles de posibilidades que llenan nuestras pupilas al contemplar la hermosura que sus manos crearon.
Concebir una obra de arte (del arte que sea) es entendido para mí, entonces, como hacer el amor: tan importante la primera caricia como el orgasmo final.
A medida que vas madurando, comprendes que las cosas no son ni blancas ni negras, que hay cientos de matices, desvanecidos, contrastes y perspectivas que te obligan a entrecerrar los ojos para buscar el Wally de cada embrollo o las 7 diferencias que hacen que agudices tus sentidos para poder valorar la obra terminada o para poder aceptar y comprender que las personas somos como “La persistencia de la memoria” de Dalí pero sin terminar, que nos construimos y borramos a cada segundo, que no somos inamovibles y que nuestras vivencias son nuestras piezas de lego en manos de niños caprichosos.
Por todo ello, la sonrisa es tan importante como el motivo que la llevó a marcar las arrugas en la cara y un texto publicado puede ser tan bueno o malo dependiendo de los minutos que pases delante de la pantalla y del preservativo que te pongas -o no- para darlo a luz.

miércoles, 15 de enero de 2014

Si pudiéramos, seríamos.

Podemos comenzar afirmando que el cielo es azul o que la política es corrupta. Podemos copiar en los exámenes o hacer de cualquier cosa a nuestro alcance un vicio. Podemos, podemos, podemos… Podemos ser la mejor versión de nosotros mismos o ser nuestro peor enemigo o enemiga. Podemos ser jodidamente rastreras y jugar a los juegos más descabellados y macabros que cualquier persona pueda imaginar. Podemos volar a Nunca Jamás pero decidimos entrar a Narnia a través del famoso armario. Podemos hacer lo que nos dé la gana y más.
Pero ¡Vaya! Curiosamente elegimos no hacer, no poder, no jugar, no volar, no ser.
Seguimos siendo, como afirmaba Hobbes, lobos para el propio ser humano. Cambiamos la compasión, la bondad y la empatía por un “jajaja” falso a través de un teclado frío y distante capaz de ocultar nuestras verdaderas perversiones o intensiones.  Trasladaríamos nuestra alma a un cuadro para que en él se reflejaran todas nuestras maldades y envejeciera por nosotros si supiéramos cómo hacerlo o viniera en un tutorial de Youtube.
Nuestra cultura occidental y antropocéntrica reafirma nuestro “yo” frente a los demás y el “yo soy yo y mis circunstancias” cobra sentido. Somos el resultado de los errores y aciertos de quienes nos crían. Conejillos de Indias de quienes nos quieren y los que no.
Podemos… Somos.
Podemos ser lo que queramos ser y podemos hacer lo que nos dejen hacer. Ups! Perdón, rectifico: podemos hacer lo que queramos hacer. Por eso, tanto Wert como Rajoy, Gallardón, Obama o S.M el Rey D. Juan Carlos hacen lo que quieren. ¡Perdón de nuevo! Hacen lo que los dejamos hacer.


jueves, 9 de enero de 2014

En recuerdo de lo perdido.

Ya lo decía Cicerón: “el sometimiento a la ley es garantía de libertad”. ¿Verdad, Sr. Juan Carlos?, ¿usted también lo cree, Sr. Gallardón?. Sin duda, después de percibir tan dignos ejemplos de igualdad y justicia en medio de nuestra sociedad resulta impensable que cualquiera de nosotros dude de la valía y poderío de las leyes. Nos sentimos protegidos por el Estado y avalados por su honorabilidad. No entiendo por qué nos quejamos con agudas críticas si nosotros derramamos nuestra soberanía en las personas que bien nos vendieron su buena imagen, fidelidad y compromiso.
Tenemos lo que quisimos porque cada voto y cada cabeza hicieron subir a quien ahora no quiere bajarse del pódium. Sumamos sufragios para crear bienestar y cercenamos tristezas y desengaños para hacer ganar al PP buscando en su tradición la estabilidad que la sonrisa de Rajoy guardaba entre dientes para luego mostrárnosla con sus afilados colmillos tan faltos de personalidad que están roídos por los impulsos de sus ministros.
Para que la libertad sea tangible debe ser la expresión máxima de la voluntad general, todos sometidos por decisión propia, y no esclavos de la ley escrita por el arbitrio de un déspota. Sr Gallardón, no me refiero a usted con su ley del aborto, no. No nos cabe duda de que nosotras las mujeres carecemos de sentido común y moral y, por ello, le damos las gracias por elegir por nosotras cuándo ser madres y cuándo no. ¡Qué haríamos sin la luz y espiritualidad que desprende su ideología tan llena de ética y valores!. Menos mal (o gracias a Dios, según se mire) lo tenemos a usted.
Es realmente satisfactorio respirar la plenitud que vive la democracia española actual, está en sus mejores años: joven, fuerte y vigorosa; la política es transparente y rinde cuentas de sus facturas, los jueces son imparciales y la ciudadanía ejerce sus derechos y los defiende.
Empezamos año estrenando kilos de más, dinero de menos y la misma realidad viciada maquillada con pinturas de agua en un malecón que deja a su paso sólo un borrón imperceptible propio de una obra pictórica moderna abstracta.