domingo, 30 de agosto de 2015

Levedad.

Esa mañana se despertó y allí estaba: blanca, pálida y con ojeras. Se vio a sí misma, por fin, clara y transparente, con la verdad ante sus ojos como la nitidez que palpa al ponerse las gafas o la precisión de las arrugas de sus manos. Comprendió que el claroscuro no es el gris, que es la guerra y la muerte paulatina de la claridad ante las fauces de las tinieblas. 
Allí estaba ella, sola en su casa de una habitación y un baño-cocina en el centro de la ciudad. Con las manos apoyadas en el lavamanos y las puntas de los dedos blancos al agarrar con fuerza el húmedo mármol; de pie, tosca y confusa pero libre. Jugó con sus ojos a llevarlos de un rincón a otro de su cara. Tenía treinta años y era libre. 
Recordó la noche anterior y sintió el gusto del vino amargo en su boca, su ceño fruncido denotaba la inconformidad de su pelo enmarañado y el latir de su corazón esquivo, ajeno a ella. 
Era miércoles, tenía treinta años y se sentía libre. Libre de ella. Ya no la verían más en su trabajo;  era libre de sus "buenos días" y de sus "¿quieres comer conmigo?". 
Cinco años de relación oculta que se iban por el desagüe al abrir el grifo y al soltar el lavamanos y dejar que la sangre fluyera por sus dedos. Se echó el agua fría con las manos temblorosas para que los restos de maquillaje, fundidos con lágrimas, se perdieran en la alcantarilla como se pierde el sonido en el espacio.

lunes, 24 de agosto de 2015

Sin ensayos.



Infieles. Nos va la infidelidad, nos apasiona el engaño. Somos inconformistas por naturaleza y siempre buscamos lo mejor para nosotros ya sea libre o ajeno... 
Nos va el morbo de coquetear con la mujer del prójimo y si no, que se lo digan a nuestra élite política que regala pactos con partidos políticos con los que juraron no aliarse seducidos por sus esposas-poder-dinero.
Seducimos y nos dejamos seducir porque desde que nacemos hasta que morimos estamos total e irrefrenablemente condicionados a buscar el agrado en la sonrisa, falsa o hipócrita, de las personas que tenemos al rededor. Somos egoístas porque nuestra ley primera es auto satisfacernos. Los actos  altruistas se difuminan ante nuestro innato instinto de supervivencia. 
Sobrevivir a base de artimañas creativas  como hurtar sin descaro, mentir con perspicacia, maquillar sin pudor y hacer recortes con dinero ajeno. 
Sobrevivimos siguiendo a rajatabla la cadena trófica en donde  la cúspide está llena de la más maravillosa creación de -a rellenar por la creencia teológica individual- : el Ser Humano.
Servimos a destajo para ser felices a toda costa y entre nosotros mismos nos peleamos por estar cada vez más arriba de esa cúspide. No debes fiarte de la sonrisa atenta de quien te escucha con pasión porque bajo su brazo tendrá un libro titulado Cómo influir en los demás. Infieles, corruptos y manipuladores. 
Pero todo cambia cuando la ves, cuando la sonrisa no es ensayada frente al espejo si no que brota de la más natural de las cavidades del pecho; cuando extiende una mano no para recibir si no para regalar; cuando las palabras dichas por sus labios tienen ese acento original y pausado. Todo cambia cuando el anciano te agradece un asiento en el metro con un tierno y tembloroso "gracias"; cuando el bebé te sonríe con la boca manchada de chocolate y te pide más. 
Todo cambia cuando la infidelidad, la malicia y el instinto de supervivencia se convierten en lo que deben ser: adjetivos puntuales propios de animales políticos que existen para que el corazón derretido por el roce de esa piel cobre sentido y haga valer la pena no quedarse inmóvil al borde del camino y te haga volar.  


martes, 4 de agosto de 2015

Volver.


¿Qué debes hacer cuando has perdido a tu musa? ¿Qué debes hacer cuando queda el vacío y las palabras te abandonan y se marchan entre tus dedos como el humo de la barbacoa de tu niñez?. ¿Qué debes hacer cuando las metáforas suenan tan absurdas en tu cabeza que inevitablemente las deseches como el aire viciado al respirar?.
Qué hacer... Qué pensar... Qué decir...
¿Qué debes hacer para retomar la consciencia, que los músculos se destemplen, las manos se abran y pueda circular la sangre?
¿Qué puedo hacer para mirar al frente y retomar la convicción de un "algo" mejor?.
Busco las respuestas en las imágenes que se dibujan en frente de mí, en las texturas que mis dedos alcanzan a rozar, en el gusto dulzón de mi boca al sonreír. Busco la respuesta ajena a mis sentidos, lejos de mí, porque encontrarla me puede llevar a la impetuosa claridad de la rabia y la agonía de un cuerpo sin fe. De un cuerpo que ve, sonríe, besa, ama, odia, juzga y critica. Un cuerpo que lee y refunfuña levantando el brazo en contra de las injusticias pero tan ajeno a la realidad como Rajoy a la política.
Al sentarme frente a la pantalla descubro que el miedo que me imponía un Word en blanco es tan infundado como el miedo a las galletas Oreo. Comprendí que soy esto. Soy una letra junto a otra rozándose pero sin sobreponerse; jugando pero sin perder. Soy una gran catarata de vocablos que se mezclan y entretejen para ser ese mi "algo" mejor. Soy esa gran metáfora, sólida y voluble a la par. Palpable y efímera como el orgasmo. Soy yo, soy frente a ti. Soy las frases que lees y el desagrado que te producen y soy también la entrega con la que te las regalo.
No me hizo falta buscar, me encontré deslizando la yema de los dedos por la pantalla táctil que me acerca a mí, a mi consciencia, a mis músculos distendidos y a la sonrisa fácil que sólo me producen las palabras al caminar solas frente a mí.