miércoles, 18 de febrero de 2015

Perdido en tomate.

Entrar en el juego de la política es como engancharte al Candy Crush, una vez te lo descargas, necesitas andar pidiendo vidas, buscando coaliciones y aceptando invitaciones de gente que ni conoces para permanecer en la arena política comiendo chuches el máximo de tiempo posible.
Dicen también que es un acto de equilibrio entre aquellos que quieren entrar y aquellos que no quieren salir. Para mí, la política es un tapiz bordado a mano por los griegos y de un precio incalculable al que el niño mimado de la casa dejó caer zumo de tomate y lo manchó para siempre. Lo podemos llevar a la tintorería y que con cada voto de los ciudadanos, cual golpe de jabón, intentar limpiarlo pero no nos engañemos, era tomate del bueno.
También podemos ponerle una mesita encima como quien no quiere la cosa pero la mancha siempre estará ahí, latente, viva y roja que afea y desvaloriza el precioso tapiz bordado a mano hasta devaluarlo a lo que es ahora, un tapete que sirve para bodas, fiestas y corridas de toros indiscriminadamente, que se vende al mejor postor y del que todo el mundo quiere ser dueño, desde los banqueros, pasando por los empresarios, iluminados y ciudadanos de a pie. Todos quieren poseerlo pero nadie sabe cómo usarlo, nadie sabe cómo quitarle la mancha de tomate que enturbia su belleza y poder y nadie sabe cómo pisarlo sin deshilacharlo y dejar sus sucias huellas de barro sobre él.
La política es, pues, uno de los más grandes y hermosos misterios de la creación humana, tan mal utilizada e impracticada como el arte y tan mágico y misterioso como los unicornios. 

lunes, 9 de febrero de 2015

Así, como quien no quiere la cosa.

Lo confieso, tengo miedo. No de ese miedo que paraliza, que deja inmóvil al borde del camino y deja sin sangre. Si no, de ese miedo que hace que por las venas vayan a trompicones chorros de adrenalina, que te pone alerta y te deja a la expectativa, lista para correr en cuanto se escuche algún ruido que altere la paz del conformismo, la quietud de la comodidad y la legislatura del conservadurismo.
La gente tiene miedo al cambio, a unos paraliza, a otros motiva. Es decir, a unos PP, a otros Podemos (o Podéis). Pero, al fin y al cabo, miedo.
Nos asusta el cambio porque no somos conscientes de que mutamos a cada segundo, que mudamos de piel y los restos quedan convertidos en polvo sobre el televisor.
No nos damos cuenta de que lo mejor de cambiar es que tenemos la enorme posibilidad de reconstruirnos, de reformarnos. Podemos recortarnos o reajustarnos así como hace el gobierno cuando hay crisis justificando que es lo mejor y necesario para el bienestar común.
Reacomodémonos estirando cada músculo, abriendo la boca hasta límites insospechados, estirando los brazos con la intención de abarcar el universo con ellos para atrapar la luz del sol, meterla dentro y regalarla dosificada a todo aquel que quiera mirarnos.
Hacer y ser sin miedo es como comer sin sal, dormir sin sueño, es seco, incoloro.
Hacer y ser con miedo es valiente, arriesgado, loco e insensato, conlleva un esfuerzo y aumenta el valor sin importar el precio. El miedo está a años luz de ser una debilidad, una minusvalía o una mochila pesada a nuestra espalda. El temor nos dice que tenemos mucho que perder, pero si existe, indudablemente es que lo que tenemos delante es importante, es grande, de lo contrario, sería tan insustancial y trivial cómo elegir entre pollo y carne.
Lo confieso, tengo miedo. Tengo miedo y me apasiona. Tengo miedo y ese sentimiento me impulsa, me exige ser más, ser mejor, me exige superarlo, encajarlo, convertirlo en mis alas y restarle la connotación negativa que tanto tiempo ha llevado sus pies, que ha cargado como lastre.
Ten miedo, tenlo con ganas y hazlo a propósito.