lunes, 17 de febrero de 2014

Indiferencia

Es curioso caminar por los largos y estrechos pasillos del submundo que ebulle ante nuestros ojos sin darnos cuenta de que, realmente, estamos rodeados de muertos. Muertos y muertas, de muerte.
Buscamos en las pupilas de las personas que nos cruzamos por azar un atisbo de vida, de humanidad, de empatía, de comprensión. Un rastro de un algo que nos haga sentir menos solos, menos aislados pero, en cambio, nos topamos con miradas frías, hieráticas y condescendientes de quienes han muerto y fingen seguir vivos por pura pereza de comunicarle al mundo que han muerto, como dice Millás: “para ahorrar el disgusto”.
Miramos al cielo y al identificar dos lunas en el firmamento buscamos a alguien que también las vea. A la que vuele. A alguien que juegue tan bien como tú a reírse del mundo y pisarlo a grandes zancadas de indiferencia viva y entrega máxima.
Es curioso caminar casi flotando por los largos y estrechos pasillos del mundo real cuando aceptas que la mayoría de seres humanos que pasan por tu lado son sólo sombras inertes o muertos que nos mienten al afirmar que están vivos como malos actores en medio de su peor interpretación. Los miras a los ojos, sonríes, te asomas a su abismo, les dices “adiós” con la mano abierta y saltas al siguiente precipicio con las mismas ganas con las que un niño sale al recreo después del comedor.
Es curioso volar a cien metros de distancia del suelo y contemplar con la mirada achinada que en cada esquina hay a dos o tres muertos hablando de banalidades y juzgando con murmullos pero que no saben que están muertos. Acechados por la ignorancia de quien no huele a la muerte, de quien no sabe que la muerte les llegó mientras parían, defecaban, comían o practicaban sexo. Murieron y la inconsciencia los desbordó hasta tal punto que viajan con nosotros en el metro pero no se dan cuenta del hedor y pestilencia que desprende su piel putrefacta. Su piel de muerto.

martes, 4 de febrero de 2014

No te pienses sin sangre.

¿Qué debes hacer cuando lo que creías una verdad incuestionable empieza a ser motivo de debate? Tiene que ser tan devastador como cuando se dejó la doctrina teocéntrica para ser el ser humano la “mano que mece la cuna” y que el ego de nuestra raza conquiste cumbres inexpugnables coronadas de orgullo y de la supremacía de la sensatez y latente raciocinio del que tanto alardeamos.
A pesar del continuo llamamiento de algunos afines de la vanagloria humana a levantar los puños en señal de poder, nos enardece cotejar que estamos asiduamente invadidos por confusas señales que, lejos de esclarecer nuestra realidad, nos convierten en miopes incapaces de enfocar que quienes mueven los hilos que nos debería llevar a la felicidad y plenitud se quedan con el 99% más IVA de la totalidad de nuestras oportunidades de superación dejándonos sólo lo poco o nada que queda en nuestro campo de visión, es decir, nuestra nariz.
Nos dictan desde la tarima con una euforia fingida, estudiada y eficaz las mentiras que queremos oír, que necesitamos escuchar para creernos las falacias típicas de quien sabe las respuestas del examen tipo test y juega con la incertidumbre de la clase afirmando cosas como, por ejemplo, que España va en ascenso, que sale de la crisis y que “hay esperanza”. Como no se refiera a la expresidenta Aguirre, yo no veo esperanza la política actual. O si no, que se lo digan a ese aumento del 11,3% de suicidios y a ese tercio de niños en España en riesgo de pobreza. La esperanza tiene tintes diferentes dependiendo de si la pronuncias en la Moncloa o si la buscas en Vallecas. El paro y el desempleo se ve diferente dependiendo de si el sueldo lo recibe la Princesa o si lo recibe el camarero del bar de al lado.
Estamos experimentando una especie de cortocircuito cerebral de la misma manera en la que el teléfono le roba el magnetismo al abono de transporte y estamos tan obstruidos por las capas y capas de grasa de la comida basura que la sangre no nos llega al corazón y nos quedamos fríos e inertes al borde del camino. Nos acurrucamos en la  sonrisa de Joker y esperamos a que pase el vendaval mientras su fuerza nos destruye y arrastra hasta la playa más cercana.
Sé y confío en que aún nos queda esperanza, pero no está en tu gobierno, Sr Rajoy, ni en tus medidas, apreciado Luis de Guindos. La esperanza está incubándose en nuestras entrañas como sólo se gestan los más terribles y mortíferos virus.
Corran. ¡Fuga! Porque la soberanía es nuestra, porque la esperanza es nuestra.