viernes, 10 de junio de 2016

Ella.

Y ahí estaba ella, sola, suspendida, atada, enredada en sí misma, acalorada, dorada y entera. La realidad se acercaba peligrosamente, como cada noche, a medida que la luz del sol se iba y era ella la que tenía que cargar con todo el peso de la luminiscencia, de ser estrella polar, de alumbrar a los distraídos transeúntes que, sin ella, se ahogarían en la más profunda, oscura, densa y cálida tiniebla.
Está puesta al azar por una mano invisible que se empeña en demostrarle que ella no es nadie, no es nada sin su generosidad. Está sujeta por un cable que se esmera en decirle de mil maneras que su brillantez es prestada y que debe pagarla con obediencia. 
Su destello amarillento y cansado se debate presuroso en el umbral de una ventana abierta al mundo, una ventana que, en realidad, es puerta hacia el mundo, hacia la luz natural del sol, hacia la verdad.
Está en el centro, desnuda, sin escudo, sin mentiras, sin paracaídas, sin red. Está sola y suspendida en su umbral, con la decepcionante sensación de no ser libre, de no poder dejar de ser el centro de atención y no poder apagarse a su voluntad cuando pasa un loco caminante a su lado para reírse de su caída al no ver el desnivel del suelo y no poder encenderse cuando pasa una coqueta señorita para presumir de su fulgor.
Está cansada de no poder zafarse de los hilos que la atrapan y que deciden por ella como si fuera una marioneta de la electricidad. Mientras la encienden y la apagan se retrotrae y divierte con su propio alcance y con el juego de luces y sombras que es capaz de crear a su alrededor; con las figuras que nacen cuando es movida por el viento también en contra de su voluntad.
Pasan las horas, los días, las semanas y las estaciones y ella sigue ahí, estática, siendo usada y sintiéndose ajena de sí misma, alienada de su propia naturaleza, viendo el mundo de luz frente a ella y la oscuridad y la penumbra que hay a sus espaldas. Está condenada a estar en medio, a ver, a contemplar, a jugar, a desviar, a ser poderosa pero a no gobernar sobre sí misma, a tomar las decisiones que le dejan tomar, a moverse cuando se lo permiten y a llenarse del polvo de la calle que le acaricia su superficie lisa, fuerte y delicada.
Aguanta, lucha y se exige hasta que un día, sólo un día, en un momento de valentía y cobardía a la vez que sólo puede provenir de su vida de contrastes, matices y contrariedades decide “impresionar”, consumirse hacia dentro, hacia sus entrañas y dejar de ser, dejar de existir, de encenderse cuando se lo ordenan, de iluminar sólo cuando se lo permiten y se atreve a tomar la única sentencia que nadie, absolutamente nadie le puede arrebatar: desconectarse, hundirse y apagarse para todos, para ella, para siempre. 

viernes, 27 de mayo de 2016

Re-tomar o arrastrarse por el suelo.

Llevaba tanto tiempo sin ponerme delante de la temida “hoja en blanco” que había olvidado totalmente la enorme sensación de vacío, de vértigo y de inquietud que se siente al tocar su borde; al poner un pie en el aire mientras el otro se aferra a lo único que le queda, un trozo de tierra, un trozo de papel.
Cada día que pasaba y eludía mi responsabilidad conmigo misma hacia mis propias pasiones me preguntaba: “¿Por qué?”. Por… ¿Pereza? ¿Pérdida de fe? Si era pérdida de fe, ¿En qué? ¿En mí? ¿En la humanidad o en lo que veo en ella? ¿Por amor? ¿Desamor?
Uno de los tantos días, de hace muchos días, abrí los ojos y lo vi, vi el motivo, lo palpé.
Era yo. Siempre he sido yo, siempre seré sólo yo.
Las excusas ya no me valían, ya no tenía a quién más echarle la culpa, ya no tenía más preguntas porque ya no buscaba esconderme, huir o refugiarme. Nunca he sido cobarde pero estaba degustando esa amarga sensación que era tan desconocida, que no comprendía, esa sensación de la que no alcanzaba a imaginar su poder, su grandeza, su avaricia, su maldad, su maldición…
Y aquí estoy, siendo pequeña delante de una colosal “hoja en blanco”, siendo tan cobarde como cualquiera pero tan terca y cabezota como ninguna.
Y aquí estoy, hablando de lo que no sé pero amo; de lo que deseo pero temo; de lo que anhelo pero huyo; de lo que, sin sentido, persigo.
He vuelto para quedarme porque lejos de mi amada “hoja en blanco” me pierdo, me desconozco, me encierro y me convierto en quien no soy; en un reflejo de mí que se desvanece en el aire, que se escapa entre los dedos. No me gusta lo volátil pero me fascina derretirme en la boca y en los labios de quien me absorbe sin que yo lo sepa, de  quien me cubre con sus ojos, quien me deja fundirme en su lengua o, incluso, quien me desprecia y me odia sin que yo pueda saberlo nunca.  
Creo que no hay nada más complicado para el ego de una persona que la indiferencia, que la mirada que resbala por un cuerpo sin emoción, sin despertar nada. La nada.
Todo el mundo escribe, todo el mundo canta, corre, dibuja, sueña… Pero no por eso se les llama escritor, cantante, runner, ilustrador o soñador… A alguien que corre sólo le hace falta constancia, unas zapatillas del Decathlon y una pista para ser runner, pero a alguien que dibuja le hace falta alma, musa, tacto y pulso para ser un ilustrador. ¿Dónde se compra el alma? ¿Dónde se compra a una musa y de dónde vienen las líneas perfectas llenas de vida para ser un dibujante? Qué difícil tener algo cuando no lo puedes comprar, cuando no tiene precio. Qué difícil es amar con el alma a la “hoja en blanco” que te mira con desprecio, que se ríe en tu cara, que te pone la zancadilla y que sabe que con un solo “clic” te puede abandonar.
Qué difícil se siente sabiendo que se es una letra, una pequeña mancha, un borrón que tiene que convertirse en el más hermoso vestido de la orgullosa, tímida e inocente “hoja en blanco”.