domingo, 11 de octubre de 2020

Semana. Domingo.

 7

Domingo.


 La resaca de los domingos le produce gastritis, malestar que no le deja el vino. La tregua del día anterior se rompe con la luz de la mañana. Su vitalidad se le escapa por los poros con cada minuto que la acerca a la alarma del día siguiente. 

Se arrastra por la cama hasta que consigue levantarse haciendo cuña con sus manos. Se asusta, abre los ojos como platos a la par que arruga el entrecejo, empieza a perder los detalles del viernes, ya no es capaz de oler el aliento mentolado de su última psicóloga, ya no recuerda si giró a la derecha o a la izquierda por la Castellana; duda si el jersey de ella era rojo o era blanco teñido de rojo. Duda. Olvida. 

Mientras se bebe el café intenta agarrar los detalles con el ceño fruncido para que no se vayan, se enfada y golpea la mesa con el puño tan cerrado que las uñas se le clavan en la palma. Sabe lo que sucedió el viernes, lo sabe porque reconoce la fuerza inoculada en su cuerpo para afrontar otra semana más, pero es incapaz de recordar la cara de su psicóloga, el tacto de la piel cambiando de temperatura; es incapaz de recordar los detalles que la emborrachan los sábados, que la envuelven y la empujan fuera de su anquilosado tiempo. 

Se atraganta con el café, su gastritis va en aumento al igual que su impotencia. Se odia, odia a su mente por no ser capaz de revivir con la misma intensidad su ritual de los viernes. 

Camina haciendo círculos hasta que se detiene frente a la ventana, y de repente, sus latidos se ralentizan al recordar que ya tiene una nueva cita pactada para el viernes siguiente. Sonríe. La siguiente será la última vez. Se relaja. Suelta la presión de sus hombros. Solo tiene que esperar una semana más. 

Se sienta en la cama sin hacer mientras juguetea con el bolígrafo entre sus dedos, lo palpa, lo acaricia, le habla entre susurros, lo mima y lo deja de nuevo sobre la mesa de noche.

La resignación inunda su pecho y su respiración se transforma en suspiros. Activa la alarma. Ya pronto será lunes, serán las siete.


sábado, 10 de octubre de 2020

Semana. Sábado.

 6

Sábado.


 Ella no duerme esta noche, ningún viernes duerme.

El canal 24 horas lleva horas y horas con la misma noticia, la misma de todas las madrugadas de los sábados. 

Se le pone la piel de gallina mientras roza lentamente su Montblanc con un paño de seda bajo la luz única de la pantalla de la televisión. Las sombras se mueven de un lado a otro, revolotean sin control de una pared a otra con cada cambio de escena que lleva de una imagen de una mujer a otra, de un escenario a otro, de un barrio a otro de Madrid. Las sombras se quedan estáticas durante un minuto mientras la pantalla muestra un collage de fotos pequeñas de nueve mujeres, todas con la misma mirada tierna y comprensiva, todas psicólogas, todas muertas. 

Las gafas de lectura son la lupa que le permite limpiar cada recoveco de su, de nuevo, brillante y perfecto Montblanc, sigue sin usarlo, nunca ha escrito nada con él. 

Los sábados son como el primer sorbo de café de la mañana, usual pero único en el día, único en la semana. 

Aún siente el hormigueo en su mano cuando el bolígrafo, como una extensión de su fogosidad, atraviesa la piel del cuello de una mujer, de su mujer, de sus mujeres. 

Vuelve a sentir que los músculos de todo su cuerpo se contraen y sus vellos se erizan provocándole un espasmo involuntario cuando escucha de nuevo cómo se rompe la piel como si fuera un icopor. 

Aprieta los dientes y aspira todo el aire de la habitación para después soltarlo en una bocanada convertida en carcajada, un ruido discordante con la voz apacible y parsimoniosa con la que hoy concertará una cita para el viernes siguiente. A veces se pregunta si en su tono de voz  se refleja la ansiedad y la ilusión con la que pide una cita urgente porque se siente, dice, preparada para aprender a afrontar que el tiempo es lineal y no circular como los días de la semana.

Los viernes le alimentan el alma como una inyección de adrenalina, de vida y de tiempo que transcurre. Los sábados se permite revivir una y otra vez su última cita, se bebe a sorbos cada movimiento y cada sonido: el del cuello roto, el del cuerpo al caer, el de la garganta ahogándose con su propia sangre, el de la puerta al salir del despacho, el de la suela de sus zapatos caminando por el asfalto, el de su mente en calma y de su corazón a galopes. 

Los sábados duerme sabiendo que los domingos no tienen alarma. 


viernes, 9 de octubre de 2020

Semana. Viernes.

 5

Viernes.


 Saca la tarjeta de presentación de su bolso sin abrir siquiera los ojos, aún es de noche, se tranquiliza al palpar el filo del papel duro. La vuelve a dejar. Cierra el bolso. Vuelve a dormir. 

Alarma. Boca pastosa. Agua caliente. Café. 

En su bolso, el Kindle, llaves, monedero, y su bolígrafo Montblanc dorado, tan brillante que si lo vendiera, podría decir que no se había usado nunca. 

En su portal, mira la tarjeta que tiene en la mano y lee: “Calle Gran Vía 59, 28013, Madrid. IPSIA Psicología”. 

Decide irse caminando, es pronto, su cita no es hasta las 13:00h y aún son las 12:00h. 

A cada paso que la acerca hacía su decisión inalterable, se reafirma en la sensatez que la llevó a concertar una nueva cita, sabe que esta será la última vez, no como la vez anterior, que también se dijo lo mismo, esta vez tenía que ser La vez.

Respira, se le ensanchan los pulmones y se extiende su pecho, siente que el corazón empieza a latir más rápido de lo habitual, vuelve a percibir que su ojos se abren a la par que se dilatan sus pupilas, por primera vez en toda la semana escucha el ruido de la ciudad, sus silbidos, los coches, los semáforos. El viento en su pelo se conjuga con su paso certero y se deja llevar por el placer de un baile acompasado que solo ella coordina. Flota, o por lo menos, el suelo se desdibuja y su cuerpo deja de pesar, el aire deja de aplastarle los hombros, las noches se desdibujan y solo está ella. Ella, la ciudad, su mano firme que sostiene la tarjeta y su bolígrafo en el bolso. No necesita nada más. Lo sabe, lo nota en las mariposas de su estómago y en el afán de su respiración.

12:55h. Está en la puerta. La emoción envuelve cada milímetro de su ser y golpea la puerta con decisión y nudillos desnudos. Igual de desnudos que sus dientes. 

Se sienta ante la mujer que le abre la puerta. 

“Es perfecta”, piensa.

La mujer la mira con ternura, con una comprensión que viene de serie con las psicólogas cuando descubren su vocación. 

Esa mirada la irrita, el arde en las manos y se aferra con una fuerza desmedida a su bolso, puesto con aplomo sobre sus piernas. 

Se dicen los nombres, se cuentan sus expectativas, le pregunta que si es su primera vez, ella dice que no. Le cuenta que todos los viernes acude a un despacho de psicología diferente porque necesita sumar, sumar para no quedarse estancada en los días insulsos de la semana.

Saca su brillante Montblanc, lo mira con deseo, lo empuña tan fuerte que sus dedos se tornan blancos, marca con los ojos el recorrido que la excita y lo sigue sin pestañear.


jueves, 8 de octubre de 2020

Semana. Jueves.

 4

Jueves.


 Esa noche olvidó apagar el televisor antes de dormirse, y durante las largas horas que hacen de puente entre el miércoles y el jueves soñó con un perro que saltó desde un quinto para salvar a su bebé humano de ser atropellado por un coche; que había invertido en bolsa y había perdido todo su dinero; que la cafetería a la que iba con su madre de pequeña la había quemado un exorcista borracho; que un asesino entraba a su casa a matarla porque tenía sus propias llaves… 

No volverá a dormirse con la televisión encendida, el canal de noticias 24 horas no ayuda a su mente inquieta a descansar en paz.

El primer café del día tiene un efecto desvanecedor en su vida, con el primer sorbo que trae consigo una inevitable aspiración de su aroma por la nariz, siente que las noches pierden protagonismo, reconoce que son solo seis o siete horas del día, que tiene más de 15 horas diarias para borrar la densidad de la oscuridad y dejarse imbuir por la claridad que entra por su ventana a las siete de cada mañana.

Ese sorbo deja como resultado una comisura de los labios arqueada en una mueca cálida de ella hacia ella misma. 

Aspira de nuevo dentro de la taza, sonríe y se reconoce. Sabe que desde que se sintió atraída por el cambio de chocolate con leche al café con leche, su edad adulta había comenzado, como cuando tuvo su primera regla o sintió que el vino había dejado de resultarle amargo y desagradable y se había convertido en una enófila reconocida.

Distraída mordisqueando una galleta integral pronuncia en voz alta sin darse cuenta su mantra favorito: “algo va a suceder”. Sonríe de nuevo.

Al salir de casa, dentro de su bolso de entre diario, su Kindle, las llaves, el monedero y una tarjeta de presentación con una hora y una dirección escrita en tinta negra que acaricia con delicadeza antes de meter también su teléfono móvil. Está preparada para salir a comprobar que la cafetería no fue quemada por un exorcista borracho. Anota mentalmente en su lista de cosas por hacer: “no volver a dormir con la televisión encendida”, y hace un guiño por su jugarreta mental. 

Solo le queda un día más.


miércoles, 7 de octubre de 2020

Semana. Miércoles

 3

Miércoles.


 Es más temprano de lo habitual, ni siquiera la alarma está próxima a reventar el silencio estancado de su habitación. Ha tenido pesadillas durante las tres horas que lleva tendida en su cárcel particular. Soñó que la densa oscuridad tomaba cuerpo y la hundía con rabia contra la cama. Gritaba, pero ni ella misma podía escucharse. 

  Con una fuerza insospechada consigue abrir los ojos para darse cuenta de que eran las dos de la mañana. Se levanta de un salto y con los pies temblorosos, le cuesta darse cuenta de en dónde está, qué día es y cuál es su nombre. 

Se asoma con precaución por la ventana, es una costumbre que aprendió de los lunes. Se rasca el cuello y deja escapar el aire que tenía alojado en sus pulmones desde no sabe cuándo. 

Al volver a la cama toma un sorbo del vino tibio que aún le queda en la copa; esta vez no se bebió la botella entera, solo un tercio. Deduce que la falta de alcohol en su estómago es la causa de sus pesadillas. Apura el resto de la copa y vuelve a apoyar la cabeza en la almohada. Debe volver a dormir, aún es miércoles y sabe que si no descansa, su cuerpo encorvado no será capaz de arrastrase hasta el viernes. Debe llegar al viernes. 

Abre los ojos con una premura inusual cuando su cerebro entra en contacto con el ruido proveniente de su teléfono, son las siete. 

El espejo le devuelve unas acentuadas marcas negras debajo de sus ojos. Ahora, el espacio de su entrecejo es el más pequeño de sus inconformismos. 

Entra en la ducha en el momento exacto en el que el agua pasa de una temperatura fría a un caliente golpeteo de las gotas en su pecho, su piel blanca es un manto que cubre sus huesos de la vista de los demás seres humanos. Aspira el vapor con sus orificios nasales dilatados. Ha sobrevivido a una noche larga y complicada, debe llegar al viernes.  


martes, 6 de octubre de 2020

Semana. Martes.

 2

Martes.


Se despierta antes del retumbar de la alarma. Hoy su corazón no saldrá despedido por su boca. Sus labios sellados y sus ojos abiertos le recuerdan que debe respirar, que debe absorber todo el aire que hay entre su cama y el techo, devorarlo con su nariz y hacerlo desaparecer, alivianarlo y quitarse los kilos que le impiden apoyar las palmas de sus manos contra el colchón y separar su espalda de la sábana. Respira. Respira. Respira. Sus pulmones huyen de su control. Se ahoga. 

Suena la alarma. Arruga los ojos y los aprieta hasta que su oscuridad se vuelve blanca y con destellos. Mueve la mano guiada por su oído hasta encontrar la fuente de su desazón. 

Las siete. Las siete de otro martes de otoño. Un otoño, ¿de qué año?, se pregunta. Sentada, plancha con las manos las mangas de su pijama; hoy está bien puesta, abrochada desde el primer botón hasta el último, se siente ligera después de haber consumido por la nariz todo el aire de su habitación. Mira un poco más abajo, abre los ojos y se dilatan sus pupilas: no tiene pantalón, está en el suelo, al lado de sus zapatillas de casa, una sobre otra sujetando una botella vacía como cuña para que no ruede por toda la habitación. 

Enciende la televisión, el murmullo de las voces disuelven los estragos de su mente. 

Se lava los dientes con la mirada fija en sí misma frente al espejo, analiza el contorno de sus cejas y se da cuenta de que el espacio entre ellas es demasiado pequeño. Arruga la nariz ante tal evidencia y frunce el ceño. 

Se enjuaga la boca y con el agua se van los restos de alcohol de la noche anterior.




lunes, 5 de octubre de 2020

Semana. Lunes.


 1

Lunes.


Su alarma penetra en lo más profundo de su subconsciente, hace vibrar cada fibra de ese cuerpo inerte en medio de unas sábanas húmedas por las horas y horas de unos músculos en tensión. El sonido se dispersa por toda la habitación sin poderlo detener, sus ojos se aferran a las sombras mientras busca la vitalidad necesaria para levantar los párpados, estirar el brazo izquierdo y apagar el aullido de las siete de la mañana. Es lunes. 

  Con la mitad de la fuerza con la que consiguió mover los párpados levanta los brazos, abraza el aire que hay entre la cama y el techo y lo asfixia contra su pecho, percibe el frío de su pijama empapado siendo consciente de un nuevo amanecer. 

En la mesa de noche, sus gafas de lectura, la lámpara digital que programa para que se apague a media noche, el libro de turno, su bolígrafo Montblanc y una copa de vino sin tallo. Esa no pierde el equilibrio y no acababa en el suelo cuando no consigue apoyarla correctamente en la mesilla. 

Con el corazón aún desperdigado por la habitación rebotando de un lado a otro al igual que el sonido de la alarma, desdobla los brazos y apoya las palmas de las manos en el colchón, respira hasta conseguir que el aire frío le llegue hasta la punta de los dedos del pie, sonríe al imaginarse una bocanada de aire viajando a toda prisa entre la piel y los músculos. Suelta el aire y empuja su cuerpo con las manos hacia arriba en un intento de poner los pies contra el suelo. No lo consigue. Vuelve a intentarlo, tampoco. 

Esta vez gira su cuerpo sobre sí mismo para resbalarse entre las sábanas. Sentada, siente en su pecho el soplo tenue de finales de octubre, su pelo desgreñado y el pijama a medio poner le recuerdan que la noche anterior se bebió la botella de vino blanco sin compartirla con los fantasmas de su habitación. 

Abre la boca y siente su saliva amarga y la lengua pastosa. Si se levanta ya, podrá llegar a tiempo de ver cómo su vecina de abajo le da pan a las palomas, si tarda cinco minutos más, podrá ver a su vecino de enfrente haciendo el amor con su novia como cada lunes. Él se va los viernes y vuelve los domingos por la noche. Ella la ve llorando, la escucha gritar y pegar a las paredes con rabia pero también la escucha gemir de placer los lunes por la mañana.

Prefiere esperar cinco minutos más. 

Pone sus manos sobre sus muslos y se imagina la sangre fluyendo debajo de su piel, cierra los ojos y aprieta sus dedos, se clava las uñas y siente cómo su corazón le palpita en la yema de los dedos. 

Es hora de levantarse. 


domingo, 4 de octubre de 2020

Semana. Prólogo

El tiempo es uno de los grandes enemigos, es de los temidos, pero también de los admirados por su implacable arbitrariedad y por la amargura que estremece la piel cuando pasa por la garganta.

Hablar del tiempo es darle el protagonismo que reclama en cada cumpleaños, que manifiesta con la primera cana, con la primera zanja en la frente o en la comisura de los labios, esa arruga que siempre se desvanecía pero que un día decidió no marcharse nunca más. 

Pensar en el tiempo es someter al alma a un minuto de microondas. Un minuto. Pero luego otro, y otro, hasta que se cuece, se reseca y se explota. 

El tiempo no tiene rostro, pero es una pesadilla recurrente.


Semana. Domingo.

  7 Domingo.  La resaca de los domingos le produce gastritis, malestar que no le deja el vino. La tregua del día anterior se rompe con la...