domingo, 27 de octubre de 2013

Largometraje.


El siglo XXI cada vez se parece más a una película de Tim Burton, muchos personajes marginales, historias lacrimosas y un tanto oscuras enmarañadas con excelentes efectos fantasiosos.
Estoy segura de que esto tiene que ser una película de Tim Burton, porque sino, no entiendo muy bien el funcionamiento del mundo. ¿A las mujeres en Arabia Saudí las multan por conducir y para mayor inri, un hombre tiene que asegurar que no les dejará las llaves del coche? ¡Por favor, que alguien me diga que esto es una cámara oculta!.
Ya sabía yo que algo olía a podrido, pero no me imaginé que éramos nosotros/as mismos/as. ¿Involucionamos?.
Desde luego que el Tribunal Supremo de Derechos Humanos (así como lo oyen, Derechos Humanos) deje en libertad a asesinos/as y terroristas por la ya conocida “Doctrina Parot” no parece muy  honorable ni ilustrado. Definitivamente la Justicia está de vacaciones y quien hace su remplazo es una babosa carente de personalidad.
Pero tranquilos/as, no todo son noticias escabrosas; hoy sentimos un respiro de aire dulce, fresco y renovador. Hoy, miles de personas se reunieron en el centro de Madrid para dejar de lado el egoísmo y egocentrismo y marchar en pos de una misma causa: Echarle sal a la babosa y esperar su lento, pasivo y ansiado final.
Levantemos la frente y salgamos a las calles, porque nada hay más temido para el poder que la frase “multitud enfurecida”.

jueves, 24 de octubre de 2013

Definiciones.

No te equivoques, la belleza no está sólo en unos ojos verdes o azules; la belleza se instaura en tu piel desde el preciso momento en el que, al detenerte a respirar, sonríes al llenar tus pulmones de polución.
A la belleza la delinean las palabras que brotan de tu pecho a borbotones, sin ciencia cierta, sin empirismos ni malicia. La belleza cobra vida cuando tus pies desnudos se hunden en la tierra mojada y la humedad del suelo te hace palpitar, te sientes vivo/a, en paz, sereno/a.
La belleza mezcla la bondad de las palabras, su perfección, deidad y potencia con su capacidad de viajar e introducirse en las venas con más estrépito que un tsunami; se visten de cortesía, de verdad, de erotismo, de anhelo, de deseo y de pasión para nublar la razón y  dejar que se deslicen por el oído para acabar en una cara roja de vergüenza, una boca sedienta de otra boca, un corazón latente de amor o un vientre ardiente de delirio.
Las palabras son una expresión pura y majestuosa de belleza sin límites ni reglas; tan duras como un puñetazo o tan dulces como una caricia.  Tienen la facultad de desplegar sus artimañas y envolverte en la perdición.
Entonces, si somos conocedores de su implacable poderío y supremacía, por qué seguimos creyendo en las vacuas palabras (sonidos sin orden ni concierto) que nos regala una televisión comprada con censura, una prensa con miedo a profesar su derecho de libre expresión, una élite política que se contradice a sí misma ganadora del Óscar a la mejor actuación y al mejor guión adaptado.
Quizá somos incapaces de discernir entre palabras que enamoran  y palabras que hacen daño; es sencillo, si ves que las personas no saben en dónde queda La Alhambra o el Parque Güell , algo de palabras con engaño te cenaste el día anterior y te dejaron hinchado/a, lleno/a de gases y con malestar; en ese caso, es hora de decirle a José Ignacio Wert que bien se puede comer cada una de sus reformas con patatas fritas metafóricas aliñadas con esas palabras funestas y nocivas que tanto le gustan.


jueves, 17 de octubre de 2013

Agua.

Las gotas de lluvia que ruedan por la ventana dejan una estela de humedad tan endeble y efímera como una verdad contada a medias, tan groseras que hielan la mente y enredan los ojos entornándolos en un bucle de pupilas de sube y baja.
Es inevitable perderse en sus curvas y caídas.
A nadie parece importarle que llueva mientras se está en casa, bajo las mantas, tomando un buen café caliente; a nadie parece molestarle que las gotas caigan libres, saltarinas y arbitrarias.
Disfrutamos con el suave murmullo de cada gota explotando en cualquier superficie, del arrullo que trae consigo el cielo cuando se desborda cansado de guardar el agua en sus entrañas. Nos acurrucamos, tomamos aire y lo soltamos con una media sonrisa en los labios llena de satisfacción, paz, tranquilidad y calma.
Cuando estamos en casa es fácil mirar por la ventana mientras llueve y encoger los hombros para rechazar el posible frío que podrías sentir de estar empapado/a; pero estás en el sofá; nada parece interesar de lo que pase fuera si estás en el sofá.
A nadie parece molestarle que llueva mientras la ropa está seca; salvo a las miles de personas que se ven obligadas a abandonar sus hogares, desahuciados/as por quien debe cuidarlos/as, por quien debe ser su paraguas, por el Gobierno.
Les dimos nuestro voto, los/as apoyamos para que llegaran allá arriba donde están, cedimos parte de nuestra soberanía para que ellos/as pudieran juntar la voluntad del pueblo en una sola voz que acallara todos los peligros e inclemencias del tiempo y del exterior; les damos todo y más y, ¿a cambio qué obtenemos? Niños/as en situación de pobreza que tienen que imaginar lo que tienen dentro de una barra de pan para comer; personas sin techo a las que les cobran multas por dormir en la calle (¿Acaso están pensando en alquilar el suelo público para sacarle una tajada a las personas sin hogar? ¿Se puede caer más bajo?); familias enteras que se quedan sin casa justo ahora que comienza el invierno…

Pero a nadie parece importarle lo que sucede fuera mientras llueve o cae nieve si se está calentito/a en el sofá, frente a la televisión, viendo cómo nuestros/as políticos/as juegan el partido de sus vidas con el árbitro
comprado.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Sin banda sonora original.

Ya ni siquiera se puede hacer el “tonto” en las calles de Madrid, ahora hay que pedir permiso al ayuntamiento de la Capital para cantar o tocar la flauta (o cualquier otro instrumento musical) en alguna de las esquinas del centro; al parecer, los gallos y guitarras mal afinadas de los/as estudiantes o parados/as – al caso es lo mismo-  molestan a ciertas personas; que yo me pregunto, ¿a quién molesta? Desde luego a los viandantes no les desagrada, en todo caso, se detienen (nos detenemos) a escucharlos y llevar el ritmo con las palmas, entonces… Seguro le molesta a nuestros/as presuntos/as políticos/as, que, como todos/as sabemos, viajan en metro y pasean por la ciudad y no, como todos/as creen, van en los coches oficiales de un lado a otro, al fin y al cabo, no tenemos más coches oficiales que parlamentarios/as (sarcasmo).
Ahora, para que la Tuna pueda cantar en Sol, tiene que pasar un casting para valorar (¿Quién valora, Ana Botella con su perfecto inglés y cultura?) si se es apto/a o no para expresar su talento en público. Ojo! Que no es prohibir esta libertad de expresión, es “adecuar esta actividad a la normativa”, según indican las autoridades.
Comprobamos una vez más la cantidad de humo que nos venden desde arriba; Julián Muñoz no paga lo que roba y los/as cantautores/as muertos/as de hambre no pueden buscarse la vida. ¿Hasta cuándo?. 
El problema no es que nos vendan humo; el problema es que lo compramos y, encima, cuando llegamos a casa y lo abrimos, nos damos cuenta de que era una gran flatulencia que se dispersa por todo el salón dejándonos atontados/as, como siempre. Y, para colmo, no tenemos la excusa de que lo compramos por eBay.

lunes, 7 de octubre de 2013

Tonalidades

Existen tantos tipos de guerra… Está la guerra de almohadas, la guerra de los precios, la guerra nuclear, la guerra sinsentido, la guerra contra el sobre peso…
Existen muchos tipos de guerra pero todas ellas las podemos compendiar en una sola imagen, la que pongo al lado.
Todas ellas, la guerra de almohadas sobre todo, acaban explotando (depende de la relación de los/as soldados/as) en  cantidades de besos y mimos; arañazos y puñetazos; muerte y desolación; muerte y desolación; muerte y desolación.
No importan los motivos que pulsen el “On” a la Guerra, los/as involucrados/as serán siempre los/as mismos/as: los/as políticos/as ávidos de poder, los/as políticos/as con un ego más grande que la Torre Eiffel o peor aún, los Mercados tan bien custodiados que ni siquiera sabemos quiénes son; o ¿acaso sabemos quiénes son los Mercados? Sí, esos mismos que ahora rigen la macroeconomía y la globalidad.
Si analizamos la imagen, vemos un sinfín de tonos de color rojo y negro que nos envuelven en el más puro furor de la pasión que, al fin y al cabo, es la que nos hace actuar o no de una manera u otra. Pasión, fuego enardecedor que quiebra los hilos del tiempo que vemos tan recto como la estela de un avión en el cielo y hace que, como pocas veces, lo veamos como un Donut mal hecho por Panrico; esa misma pasión que hace que nuestros dirigentes tomen pésimas decisiones y lleven a nuestros ejércitos a unas guerras que lejos están de la belleza de los tonos rojizos para quedarse varadas en la desgracia, el hambre, la tortura, la muerte, el pánico, el trauma y la pérdida de fe.
Ni Aznar cuando nos “metió” en la Guerra de Irak, ni Rajoy que nos “vende” a los japoneses  -así es, arrastrado y humillado nos vende al “mercado” de unos Juegos Olímpicos que perdimos ante ellos- representan la bondad de las personas de a pie que mezclan cada mañana su acuarela de colores para dibujar la mejor de las sonrisas ante una realidad tan distorsionada y tan opaca que refleja  las mentiras que nos regalan nuestros presuntos mandatarios en sus particulares Clubs de la Comedia.
No sólo la Guerra termina explotando como en la fotografía, nuestra pasividad debe acabar de explotar como un chicle de pica-pica al ser mordido y demostrar que estamos rellenos de algo más que idiotez y pasotismo.