jueves, 28 de noviembre de 2013

Vaho

Coleccionamos sentimientos y situaciones que siempre serán nuestra tarea pendiente, como ese trabajo de fin de grado que sabemos que no vamos a presentar aunque nos cueste 4 largos años de carrera; tenemos y tendremos tendencias, gustos y placeres inconfesables que sólo gritamos en nuestro fuero interno y perpetramos en la soledad; somos mapas indescifrables y tatuajes incomprensibles en un terreno que rechaza nuestra tinta pero que en el que luchamos a toda costa para que el agua no disuelva; somos miedos, rumores, privilegios inmerecidos y karma buscado y bien pagado; somos esos copos de nieve que caen a destiempo y somos la mejor de las coincidencias o fruto del destino. Somos y seremos miles de sonrisas compactas en un CD marcado con las miles de lágrimas que también conforman nuestra B.S.O. Fuimos, somos y seremos…
Vale, hasta aquí.
Sabemos lo que somos, somos lo que queremos (o lo intentamos); fuimos en un pasado imborrable y fijo, marco de fotografía a blanco y negro con contexto capaz de devaluar nuestro presente haciéndolo intangible o por lo menos otorgando la seguridad de lo conocido, restando la sorpresa de los finales ya pactados por los errores y triunfos de nuestros mejores éxitos, como una compilación de los número 1 de los 40 Principales.
Qué inseguridad nos da no conocer, no planificar, ni ser conscientes de los pros y contras del futuro que tenemos a la vuelta de un “hasta mañana”; nos jugamos la vida en cada pestañeo, en cada escalera y en cada ducha. ¿Si muero mañana, me sentiré orgullosa/o de lo que hicimos hasta esta noche?. La vida se escapa de los pulmones mientras exhalamos la indignación pasiva de quienes dejamos que otros/as decidan por nosotros/as y que juegan en la Liga Mayor sin pasarnos el balón, como a los/as niños/as taciturnos/as y callados/as del final de la clase; se nos evapora mientras escuchamos en modo repetir nuestros “hits” para bailarlos al son de la coreografía de siempre, añeja y pasada de moda; cedemos nuestra custodia del mañana a la élite política que excarcela a violadores, terroristas y criminales (mientras les pagamos una pensión por desempleo, porque… Pobres! ¿Cómo si no van a continuar sus vidas felices y contentos/as?), que votan las nuevas pésimas reformas educativas sabiendo de antemano que van a ganar por mayoría… Ya ni los puntos suspensivos son capaces de recoger la ingente cantidad de basura que dejamos generar para el próximo fin de semana sin tener en cuenta que el hedor tapará nuestras fosas nasales y nos será imposible volver a cantar nuestro cómodo pasado. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Saber es altamente peligroso.

Una y otra vez miramos al cielo en busca de una respuesta que venga envuelta en el suspiro que lanzamos a las nubes y que no nos devuelven más que una mirada de desidia e insignificancia. Una y otra vez buscamos respuestas en nuestra voz interior; buscamos salidas y soluciones a interrogantes que nos conmueven y escandalizan, que nos dejan en estado de hiperventilación e incredulidad. Buscamos una excusa mínimamente comprensible que nos enseñe el origen de tanta distopía.
Interpretamos mal las instrucciones de uso de la vida, se nos olvidó leer la letra pequeña y  aceptamos un contrato tácito basado en la ignorancia y la necesidad de quien debe recibir una dosis efectiva de instinto de supervivencia, pero sin que llegue a ser tóxica o letal, no vaya a ser que decidamos vivir a plenitud y con ganas y derroquemos a nuestros/as narcotraficantes de sus podios de control y poder.
Tenemos miedo a una sobredosis de Vida, de valentía y de revolución. Tenemos miedo, miedo a las guerras sin armas, miedo a los coches bomba, a los robos con arma blanca y a la burundanga; tenemos miedo a salir de nuestras casas a comernos el mundo a bocados. Tenemos miedo a encontrar las respuestas y que éstas denoten que no hay más culpables que nosotros/as mismos/as, que nuestra pusilanimidad y nuestra dejadez. Porque y ¿si las nubes a las que suspiramos buscando saber por qué nos cobrarán multas por manifestarnos, por qué cobrarán multas a las personas sin techo que pidan limosna o por qué la élite política roba y no va a la cárcel, arrojan que la culpa es nuestra por no luchar por nuestro Estado y nuestros derechos, qué haremos? ¿A dónde miraremos si obtenemos que las respuestas a nuestros porqués somos nosotros/as mismos/as? Tenemos miedo a saber la verdad, miedo a conocer, miedo a no ser ignorante, a saber que tenemos que recuperar lo que se nos ha quitado y nos da pereza empezar.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

No habrá cielo para los malvados.

Considerando que uno de los tantos temas en boga de la actualidad, a parte de la corrupción, los vicios, los papeles de Bárcenas (como si fuera un artista), los expresidentes que dicen que morirán en 6 meses y los juzgados que absuelven a diestro y siniestro sin orden ni concierto; nos topamos con un gravísimo problema usado de tapadera como si fuera de quita y pon, el vital Medio Ambiente.
Al pobre Medio Ambiente lo tenemos en medio, como los miércoles, atravesados; lo palpamos, lo olemos, lo disfrutamos y, como agradecimiento, lo matamos.
Supongo que forma parte de nuestra condición humana, “morder la mano que nos da de comer” o “matar la gallina de los huevos de oro”… Todo tipo de refranes que pongan de manifiesto la estupidez de la raza humana convertida en masa por sus propios y egoístas deseos de acumular bienes, riqueza o poder.
Desde el eslabón más alto de la cadena trófica nos endiñan el marrón de reciclar y, de esta manera, nos mantienen entretenidos/as discutiendo si una lata de Coca-cola va en el cubo azul o en el amarillo mientras el ente llamado Estado compra, vende y especula con la cuota de contaminación; ponen a los/as “peques” a jugar en tanto que los mayores se beben la cerveza.
¿Qué nos hará falta para caer en la cuenta de que estaremos llenos/as de “juguetes” electrónicos, dinero o viajes al espacio pero que no podremos salir a la calle sin una mascarilla que nos permita respirar?, ¿Nos cuesta comprender que de nada nos servirá el ansiado verano porque nos quemará la piel con la misma contemplación con la que nosotros/as cuidamos la capa de ozono?
Disfrutemos de la lluvia mientras no sufra la inexorable transformación en la reina de todos los infiernos, la implacable Lluvia ácida y, que con ella, traiga todo su desdén y venganza.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Presuntuoso “nosotros/as”.

Hoy, por enésima vez, fui consciente del problema generacional que vive España. Fui y soy consciente de que nuestros/as abuelos/as se multiplican a cada segundo, de que estamos teniendo problemas con las pensiones, con las personas sin techo, con el desempleo si llegas a la cincuentena… Hoy, un abuelo me cogió de la mano a la salida de una boca de metro y con mirada suplicante me pedía algo de comer, tenía los ojos empañados en unas lágrimas ya sin fuerzas para convertirse en agua rodando por sus mejillas, unos ojos cristalizados por los múltiples inviernos sin un abrazo cálido; el anciano me decía que llevaba 3 días sin comer y que tenía dolor de tripa; tenía las manos agarrotadas por una ausencia de dignidad tan dilatada por los desprecios que poco le importaba ya si yo le respondía con una bofetada o con un trozo de pan…
Desconozco la escala de valor de cada ser humano en el terreno de la generosidad, la empatía o la misericordia (sé que el significado de la última palabra escasea en el vocabulario coloquial) pero fui incapaz de decirle al hombre que tenía prisa, que no tenía dinero, que me soltara… A cambio, me senté con él en una banca y me contó su historia mientras compartíamos unas patatas fritas (soy estudiante, no tenía presupuesto para más). Me di cuenta de que no es sólo culpa de los/as políticos/as avariciosos/as, los/as empresarios/as egoístas o el Estado que vela por la seguridad de la masa y no del individuo; está en la calle por culpa de unos/as hijos/as ingratos/as, codiciosos/as y unos/as nietos/as desconocedores de la suerte de su abuelo.
Entonces comprendí que la desgracia humana, en un pequeño porcentaje, depende de agentes externos o ajenos a nosotros/as mismos/as que la destrucción de la raza humana dotada de valores está, en realidad, en nuestro interior, en nuestros pensamientos, en nuestros sentimientos expresados en miradas por encima del hombro, en gestos de desdén y poco tacto, somos incapaces de mirar a los ojos a la gente que, en nuestro equivocado prejuicio, está por debajo de nosotros/as; nuestro fin no está en la educación y la sanidad privada, está en la pérdida de la fe, de la meta única del ser humano pactada en algo tan sencillo como ser feliz y moldear la realidad a nuestro antojo siempre planteada como un bienestar palpable.

Perdimos el norte, se rompió nuestro GPS y no nos damos cuenta de que vagamos presos de la inconsciencia, de la enajenación del “yo” y del “tú” decorado con un falso “nosotros/as”.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Lo único que nos queda.

Ya nos hablaban Shakespeare y Calderón de la Barca de un algo llamado “Sueños”. Tenemos sueños de caramelo, de gominolas o de ilusión; estamos donde estamos por perseguirlos o por abandonarlos. Nos podemos resumir, a grandes rasgos, en sueños y pasiones.
Nos convertimos en animales por la pasión y en valientes por nuestros sueños, nos levantamos cada mañana para rodar por el césped de los ideales y tropezar hasta con nuestros propios cordones. No hay nada más fácil que caer, pero incluso para caer hay que tener arte, que si no, nos rompemos los huesos. Sin embargo, como seres humanos que somos, preferimos caer por nuestro propio pie a dejar que nos tiren al suelo; entonces, si poseemos tal orgullo y nos es sencillo envalentonarnos, ¿Por qué nos quedamos quietos esperando a que corten nuestros sueños como si fueran Jason de Viernes 13?.
Cuando nos lo han quitado casi todo, ¿qué más podemos perder? Nuestra capacidad de soñar, de reír, de besar, de amar y, sobre todo, de perdonar no le pertenece a nadie sino a nosotros/as mismos/as.
Que se queden con el dinero, con las pensiones, con las leyes, con las mentiras, con las medicinas, con las fachadas, los engaños y con las fronteras; pero jamás con ese cosquilleo en el estómago al escuchar la canción que nos hace cantar hasta hacer llover; con el bum-bum del corazón al verla/lo sonreír, al sentir su calor, su tacto, su olor… Jamás podrán robarnos la sensación de las gotas de agua tocando implacables nuestra piel o las carcajadas que se gestan en las entrañas para subir por el pecho y chocar con una realidad que poco a poco deja de pertenecernos.
Cercenan nuestras manos con delicadas incisiones precisas e incesantes para que no podamos empuñar las espadas que los derrocarían de sus lúgubres pedestales, limitan nuestros sueños para que no podamos ver más allá del ficticio bienestar que nos venden y que compramos con cantidades ingentes de conformismo bañado en decepción e inmovilidad.

Nos pueden despojar de todo salvo de nosotros/as mismos/as, porque como decía Shakespeare: “Estamos hechos del mismo material que los sueños” y Calderón nos dejó claro que “Los sueños, sueños son”.