miércoles, 10 de septiembre de 2014

Vuelta al mundo con señores de bigote.

Siempre que escucho el término “globalización”, mi mente infantilizada no puede evitar pensar en un enorme globo aerostático de colores volando alrededor del mundo con unos señores de sombrero y gabardina en su interior. Lo cierto es que no está muy lejos de la realidad mi visión onírica de la palabra ya que, en realidad, la globalización se centra en el fortalecimiento de unos pocos (señores dentro del globo aerostático) por encima de la población total que pisa la tierra como si de verdad fueran sus dueños.
Nos encontramos, pues, con que los señores del sombrero que vuelan por encima de nuestras cabezas van soltando caramelos a nuestro suelo que nosotros recogemos con entusiasmo, jovialidad y entrega. Un día, por ejemplo, nos sueltan que han detectado un brote de gripe porcina (y tú piensas: “uf!”). Al día siguiente dejan caer que ya hay 30 muertos en Latinoamérica por la gripe porcina (y tú piensas: “Dios!”). Después como buenos seductores te lanzan al aire: “Primeros brotes en Europa” (y a ti se te congela la sangre. Te llenas de paranoia). Pero tranquilos que al día siguiente se olvida todo porque hubo un terremoto en Tailandia y un tsunami en Cuba.
Es, de esa manera tan delicada, apacible y envolvente que hacen que nuestro cuello esté siempre estirado hacia arriba esperando el siguiente aluvión de caramelos de colores que entretendrán nuestras tardes mientras, a hurtadillas, manejan nuestras dosis diarias de felicidad edulcorada por cifras, datos y números que, de tanto comerlos, pierden sabor e interés; de ahí que, ciudadanos bajo un régimen de censura dictatorial no sabe o no quiere saber que su gobierno es corrupto pero vive feliz en la ignorancia. Y, peor aún, ciudadanos de democracias occidentales  que saben que su gobierno es corrupto miran a los lados buscando, olfateando, revisando y, como no hay caramelos, vuelven a girar hacia arriba esperando ansiosos como los niños en la cabalgata de reyes a que les llegue lo suyo.
Siendo justos, realistas y benévolos, debemos reconocer que la “globalización” nos ha unido, nos ha llenado de esperanza al conocer mundo, al contactar con personas del otro lado del planeta en cuestión de segundos y, sobre todo, nos llena de miles de posibilidades al tener la información en la palma de la mano pero, como todos los niños golosos, nos comemos las chuches con avaricia, a bocados y sin compartir ni degustar provocando indigestiones, flatulencias y retortijones.

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