lunes, 5 de octubre de 2020

Semana. Lunes.


 1

Lunes.


Su alarma penetra en lo más profundo de su subconsciente, hace vibrar cada fibra de ese cuerpo inerte en medio de unas sábanas húmedas por las horas y horas de unos músculos en tensión. El sonido se dispersa por toda la habitación sin poderlo detener, sus ojos se aferran a las sombras mientras busca la vitalidad necesaria para levantar los párpados, estirar el brazo izquierdo y apagar el aullido de las siete de la mañana. Es lunes. 

  Con la mitad de la fuerza con la que consiguió mover los párpados levanta los brazos, abraza el aire que hay entre la cama y el techo y lo asfixia contra su pecho, percibe el frío de su pijama empapado siendo consciente de un nuevo amanecer. 

En la mesa de noche, sus gafas de lectura, la lámpara digital que programa para que se apague a media noche, el libro de turno, su bolígrafo Montblanc y una copa de vino sin tallo. Esa no pierde el equilibrio y no acababa en el suelo cuando no consigue apoyarla correctamente en la mesilla. 

Con el corazón aún desperdigado por la habitación rebotando de un lado a otro al igual que el sonido de la alarma, desdobla los brazos y apoya las palmas de las manos en el colchón, respira hasta conseguir que el aire frío le llegue hasta la punta de los dedos del pie, sonríe al imaginarse una bocanada de aire viajando a toda prisa entre la piel y los músculos. Suelta el aire y empuja su cuerpo con las manos hacia arriba en un intento de poner los pies contra el suelo. No lo consigue. Vuelve a intentarlo, tampoco. 

Esta vez gira su cuerpo sobre sí mismo para resbalarse entre las sábanas. Sentada, siente en su pecho el soplo tenue de finales de octubre, su pelo desgreñado y el pijama a medio poner le recuerdan que la noche anterior se bebió la botella de vino blanco sin compartirla con los fantasmas de su habitación. 

Abre la boca y siente su saliva amarga y la lengua pastosa. Si se levanta ya, podrá llegar a tiempo de ver cómo su vecina de abajo le da pan a las palomas, si tarda cinco minutos más, podrá ver a su vecino de enfrente haciendo el amor con su novia como cada lunes. Él se va los viernes y vuelve los domingos por la noche. Ella la ve llorando, la escucha gritar y pegar a las paredes con rabia pero también la escucha gemir de placer los lunes por la mañana.

Prefiere esperar cinco minutos más. 

Pone sus manos sobre sus muslos y se imagina la sangre fluyendo debajo de su piel, cierra los ojos y aprieta sus dedos, se clava las uñas y siente cómo su corazón le palpita en la yema de los dedos. 

Es hora de levantarse. 


domingo, 4 de octubre de 2020

Semana. Prólogo

El tiempo es uno de los grandes enemigos, es de los temidos, pero también de los admirados por su implacable arbitrariedad y por la amargura que estremece la piel cuando pasa por la garganta.

Hablar del tiempo es darle el protagonismo que reclama en cada cumpleaños, que manifiesta con la primera cana, con la primera zanja en la frente o en la comisura de los labios, esa arruga que siempre se desvanecía pero que un día decidió no marcharse nunca más. 

Pensar en el tiempo es someter al alma a un minuto de microondas. Un minuto. Pero luego otro, y otro, hasta que se cuece, se reseca y se explota. 

El tiempo no tiene rostro, pero es una pesadilla recurrente.


lunes, 7 de octubre de 2019

Calma.

La vida es eso que pasa entre tu última publicación y conseguir darte cuenta de que esa había sido la última publicación. 
La vida tiene sus más y sus menos y aquí vamos, en los menos intentando que sean “más”; intentando descifrar en qué consiste la relación entre el sentimiento y su descripción; de dónde viene la inspiración; cómo alcanzar a la musa (o cómo llamarla); cómo escribir un texto de más de 30 líneas y que tengan sentido; cómo ponerle nombre a los sentimientos que ya están inventados. Porque seamos sinceros, todo está inventado y tenemos que usar palabras como “remix” o “vintage” para justificar la compra de algo viejo como nuevo.
Leo y releo palabras que no suenan mías, que no recuerdo. Rebusco en mi pecho: cierro los ojos y respiro profundo como si quisiera robar todo el oxígeno de mi habitación. Registro cada recoveco y rastreo con mi olfato preguntándome por los olores que harán, por arte de magia, que las palabras broten de mis dedos sin necesidad de organizarlas en sujeto, verbo y predicado. 
Desvelo con nerviosismo la capa protectora que existe entre la piel y los pulmones para reconocer ante el espejo que la frustración incapacita el intelecto y bloquea la creatividad. Que el autosabotaje puede tener otras causas y no solo el miedo. 
Sí, escribir lo hace todo el mundo pero no todo el mundo es escritor; todo el mundo respira y vive y no por eso podemos llamarlos seres humanos. 
De la misma manera existen seres vivos que se dedican al mercado de la política pero no por eso debemos llamarlos políticos. 
Recapacito. Vuelvo a mirar al espejo. Respiro. Escudriño dentro de mis ojos marrones. Sonrío y el espejo me devuelve la sonrisa —menos mal—. Cuento hasta tres.
Calma. 
Parpadeo y confirmo que el “bum, bum, bum” no es mi corazón; no es el pecho dilatándose y contrayéndose. Es el teclado. Son mis dedos. Son las letras que se juntan unas con otras para crear frases con sentido (consentidas).
No escribo, solo respiro. Respirar es fácil, escribir no. 

jueves, 19 de septiembre de 2019

Animales políticos.

Infieles. Nos va la infidelidad, nos apasiona el engaño. Somos inconformistas por naturaleza y siempre buscamos lo mejor para nosotros ya sea libre o ajeno...
Nos va el morbo de coquetear con la mujer del prójimo y si no, que se lo digan a nuestra élite política que regala pactos con partidos políticos con los que juraron no aliarse seducidos por sus esposas-poder-dinero. 
Seducimos y nos dejamos seducir porque desde que nacemos hasta que morimos estamos total e irrefrenablemente condicionados a buscar el agrado en la sonrisa, falsa o hipócrita, de las personas que tenemos al rededor. Somos egoístas porque nuestra ley primera es auto satisfacernos. Los actos  altruistas se difuminan ante nuestro innato instinto de supervivencia. 
Sobrevivir a base de artimañas creativas  como hurtar sin descaro, mentir con perspicacia, maquillar sin pudor y hacer recortes con dinero ajeno. 
Sobrevivimos siguiendo a rajatabla la cadena trófica en donde  la cúspide está llena de la más maravillosa creación de -a rellenar por la creencia teológica individual- : el Ser Humano.
Servimos a destajo para ser felices a toda costa y entre nosotros mismos nos peleamos por estar cada vez más arriba de esa cúspide. No debes fiarte de la sonrisa atenta de quien te escucha con pasión porque bajo su brazo tendrá un libro titulado Cómo influir en los demás. Infieles, corruptos y manipuladores. 
Pero todo cambia cuando la ves, cuando la sonrisa no es ensayada frente al espejo si no que brota de la más natural de las cavidades del pecho; cuando extiende una mano no para recibir si no para regalar; cuando las palabras dichas por sus labios tienen ese acento original y pausado. Todo cambia cuando el anciano te agradece un asiento en el metro con un tierno y tembloroso "gracias"; cuando el bebé te sonríe con la boca manchada de chocolate y te pide más. 
Todo cambia cuando la infidelidad, la malicia y el instinto de supervivencia se convierten en lo que deben ser: adjetivos puntuales propios de animales políticos que existen para que el corazón derretido por el roce de esa piel cobre sentido y haga valer la pena no quedarse inmóvil al borde del camino y te haga volar.  

lunes, 5 de junio de 2017

Paranoia de la incredulidad.

Existe un problema en la actualidad que resulta cada vez más difícil de sosegar: la incredulidad. Que no falta de fe, no, incredulidad. En esta se afianza la permanencia de hábitos dañinos que hacen imposible que la sociedad se percate de sus carencias envueltos por la arrogancia.
Caminamos por la vida como si el suelo nos perteneciera y olvidamos que es efímero, que los pies son prestados y que quizá este suelo no esté ahí cuando nos despertemos y no precisamente por las obras. Tenemos una serie de afirmaciones arraigadas en la mente del ciudadano 2.0 que nos hace incrédulos ante nuestros errores del “pasado”.
Racismo, machismo, desigualdad, homofobia se camuflan en la espiral del silencio que empuja a decir lo políticamente correcto bajo la frase: “en pleno siglo XXI…”. Sí, en pleno siglo XXI se cree que la homosexualidad es una enfermedad, que la mujer pertenece al hombre y que existen razas superiores. Sí, el techo de cristal para la mujer es real, no un mito como el de Prometeo y sí, “en pleno siglo XXI”.
La soberbia del ciudadano 2.0 ha restado importancia a los problemas mentales del individuo que  hace bullying, que mata a personas en nombre de un dios (¿Dios?) y que maltrata física y psíquicamente a su pareja ya sea hombre, mujer, trans, ¿qué más da? Humano al fin y al cabo con personalidad jurídica.  
Los problemas superficiales han cambiado, ahora nos desvelamos pensando en las pensiones, en el IBEX, en el último Smartphone, en si hay vida en Marte o vida más allá de la Vía Láctea, en las aplicaciones para ligar, en los likes, followers, tendencias actuales, virales…La hipercomunicación y globalización nos ha banalizado, masificado y cosificado como targets, es decir, actualizado al ciudadano en su versión 2.0 con su “tecnoestrés” correspondiente.
Se nos olvidó que la axiología que mueve al ser humano no se debe actualizar si el objetivo no es el bienestar, la felicidad y la justicia; sí, esas ñoñerías de las que algunos hablan.
En el panorama mundial, este nuevo ciudadano se extiende y asienta en un sector de la población que ha empezado su fase beta del ciudadano 3.0 que obvió algo de vital importancia: la deontología profesional, o peor, no la conoce. Y esparce con alevosía su falta de humanidad, empatía y asertividad. Si no sabe de qué le hablo, sólo mire a ciertos mandatarios de la clase política porque la incredulidad del ciudadano 2.0 a la existencia de mentalidades que votaran a Trump ha hecho que sea él el protagonista gran parte de los dolores de cabeza de la humanidad.
Pese a esta incredulidad en el mantenimiento de comportamientos dañinos y lesivos en el modelo de sociedad avanzada y global, el número de asesinatos de personas a manos de sus parejas, el número de suicidios por bullying o el alto número de reclutados por terroristas no para de crecer; es el modo que tiene el ser humano de pedir auxilio de la misma manera en la que la Tierra se derrite pidiendo ayuda un ciudadano 2.0 que se ha olvidado de sí mismo y de lo que en realidad importa.


viernes, 17 de febrero de 2017

Turnos.


El tiempo, lejos de afianzar tu fe, te la roba, te la quita, te la absorbe y te deja perplejo y con un eco en tu cerebro que te repite una y mil veces que fuiste una obcecada paciente a la que nunca le llegó el turno.
Esperas y esperas mientras sonríes a los lados con la mirada tímida de quién no cree que aún siga ahí.
Sonríes y esperas sin darte cuenta de que todos a tu alrededor sonríen esperando lo mismo que tú, perdiendo la fe pero manteniéndose aferrados a algo mucho más endeble, a la esperanza.
Abandonas la certeza de lo que sucederá por la posibilidad de que suceda y ahora sonríes con las ganas de quien se siente libre, de quien acepta su realidad basada en posibilidades (¿probabilidades?).
Despiertas de tu ensoñación, respiras profundo y abres los ojos enfocando lo que tienes delante y te topas con la sorpresa de lo poco probable cuando tienes la imagen real de dos ancianos sentados, distraídos, enfurruñados y luego sonrientes que me desvela que el tiempo es la alfombra que pisas descalzo sin temor a cortarte porque aunque esté ajado, descolorido y le falten pedazos; es tuyo, es tu tapiz, es tu suelo, tu margen y, sin duda, tú decides con quién malgastarlo o con quién abrazarlo repitiéndole que no se preocupe, que ya no esperas, que sólo vives.
Miras esa pareja con la preocupación de una pregunta sin responder: ¿cómo han llegado hasta ahí juntos? Y fórmulas esa misma pregunta de mil maneras diferentes buscando una respuesta fácil hasta que te das cuenta de que nunca dejará de ser una pregunta retórica. Sólo son, sólo están, sólo aman sin verdades universales, sin confianzas ciegas, sin certezas; con los bolsillos llenos de tiempo perdido, de deseos que nunca fueron, de sueños sin cumplir, es decir, llenos de vida, de amor, de esperanza. Juntos.
Es entonces cuando te das cuenta de que el tiempo son arrugas, canas, roces, secretos, turnos, esperas, continuos “y si…”, continuas pérdidas pero, sobre todo, continuos hallazgos.



viernes, 10 de junio de 2016

Ella.

Y ahí estaba ella, sola, suspendida, atada, enredada en sí misma, acalorada, dorada y entera. La realidad se acercaba peligrosamente, como cada noche, a medida que la luz del sol se iba y era ella la que tenía que cargar con todo el peso de la luminiscencia, de ser estrella polar, de alumbrar a los distraídos transeúntes que, sin ella, se ahogarían en la más profunda, oscura, densa y cálida tiniebla.
Está puesta al azar por una mano invisible que se empeña en demostrarle que ella no es nadie, no es nada sin su generosidad. Está sujeta por un cable que se esmera en decirle de mil maneras que su brillantez es prestada y que debe pagarla con obediencia. 
Su destello amarillento y cansado se debate presuroso en el umbral de una ventana abierta al mundo, una ventana que, en realidad, es puerta hacia el mundo, hacia la luz natural del sol, hacia la verdad.
Está en el centro, desnuda, sin escudo, sin mentiras, sin paracaídas, sin red. Está sola y suspendida en su umbral, con la decepcionante sensación de no ser libre, de no poder dejar de ser el centro de atención y no poder apagarse a su voluntad cuando pasa un loco caminante a su lado para reírse de su caída al no ver el desnivel del suelo y no poder encenderse cuando pasa una coqueta señorita para presumir de su fulgor.
Está cansada de no poder zafarse de los hilos que la atrapan y que deciden por ella como si fuera una marioneta de la electricidad. Mientras la encienden y la apagan se retrotrae y divierte con su propio alcance y con el juego de luces y sombras que es capaz de crear a su alrededor; con las figuras que nacen cuando es movida por el viento también en contra de su voluntad.
Pasan las horas, los días, las semanas y las estaciones y ella sigue ahí, estática, siendo usada y sintiéndose ajena de sí misma, alienada de su propia naturaleza, viendo el mundo de luz frente a ella y la oscuridad y la penumbra que hay a sus espaldas. Está condenada a estar en medio, a ver, a contemplar, a jugar, a desviar, a ser poderosa pero a no gobernar sobre sí misma, a tomar las decisiones que le dejan tomar, a moverse cuando se lo permiten y a llenarse del polvo de la calle que le acaricia su superficie lisa, fuerte y delicada.
Aguanta, lucha y se exige hasta que un día, sólo un día, en un momento de valentía y cobardía a la vez que sólo puede provenir de su vida de contrastes, matices y contrariedades decide “impresionar”, consumirse hacia dentro, hacia sus entrañas y dejar de ser, dejar de existir, de encenderse cuando se lo ordenan, de iluminar sólo cuando se lo permiten y se atreve a tomar la única sentencia que nadie, absolutamente nadie le puede arrebatar: desconectarse, hundirse y apagarse para todos, para ella, para siempre. 

viernes, 27 de mayo de 2016

Re-tomar o arrastrarse por el suelo.

Llevaba tanto tiempo sin ponerme delante de la temida “hoja en blanco” que había olvidado totalmente la enorme sensación de vacío, de vértigo y de inquietud que se siente al tocar su borde; al poner un pie en el aire mientras el otro se aferra a lo único que le queda, un trozo de tierra, un trozo de papel.
Cada día que pasaba y eludía mi responsabilidad conmigo misma hacia mis propias pasiones me preguntaba: “¿Por qué?”. Por… ¿Pereza? ¿Pérdida de fe? Si era pérdida de fe, ¿En qué? ¿En mí? ¿En la humanidad o en lo que veo en ella? ¿Por amor? ¿Desamor?
Uno de los tantos días, de hace muchos días, abrí los ojos y lo vi, vi el motivo, lo palpé.
Era yo. Siempre he sido yo, siempre seré sólo yo.
Las excusas ya no me valían, ya no tenía a quién más echarle la culpa, ya no tenía más preguntas porque ya no buscaba esconderme, huir o refugiarme. Nunca he sido cobarde pero estaba degustando esa amarga sensación que era tan desconocida, que no comprendía, esa sensación de la que no alcanzaba a imaginar su poder, su grandeza, su avaricia, su maldad, su maldición…
Y aquí estoy, siendo pequeña delante de una colosal “hoja en blanco”, siendo tan cobarde como cualquiera pero tan terca y cabezota como ninguna.
Y aquí estoy, hablando de lo que no sé pero amo; de lo que deseo pero temo; de lo que anhelo pero huyo; de lo que, sin sentido, persigo.
He vuelto para quedarme porque lejos de mi amada “hoja en blanco” me pierdo, me desconozco, me encierro y me convierto en quien no soy; en un reflejo de mí que se desvanece en el aire, que se escapa entre los dedos. No me gusta lo volátil pero me fascina derretirme en la boca y en los labios de quien me absorbe sin que yo lo sepa, de  quien me cubre con sus ojos, quien me deja fundirme en su lengua o, incluso, quien me desprecia y me odia sin que yo pueda saberlo nunca.  
Creo que no hay nada más complicado para el ego de una persona que la indiferencia, que la mirada que resbala por un cuerpo sin emoción, sin despertar nada. La nada.
Todo el mundo escribe, todo el mundo canta, corre, dibuja, sueña… Pero no por eso se les llama escritor, cantante, runner, ilustrador o soñador… A alguien que corre sólo le hace falta constancia, unas zapatillas del Decathlon y una pista para ser runner, pero a alguien que dibuja le hace falta alma, musa, tacto y pulso para ser un ilustrador. ¿Dónde se compra el alma? ¿Dónde se compra a una musa y de dónde vienen las líneas perfectas llenas de vida para ser un dibujante? Qué difícil tener algo cuando no lo puedes comprar, cuando no tiene precio. Qué difícil es amar con el alma a la “hoja en blanco” que te mira con desprecio, que se ríe en tu cara, que te pone la zancadilla y que sabe que con un solo “clic” te puede abandonar.
Qué difícil se siente sabiendo que se es una letra, una pequeña mancha, un borrón que tiene que convertirse en el más hermoso vestido de la orgullosa, tímida e inocente “hoja en blanco”.

domingo, 27 de diciembre de 2015

De colores.

Se acercaba el 20D, se acercaba el día en el que España enviaría misivas al gobierno diciendo quién quería que fuera el próximo Jefe de Gobierno, quién sería el siguiente a criticar a través de Twitter y Facebook. ¿No estábamos nerviosos? Yo sí. No sabría de qué color estaría pintado el gobierno o, si peor aún, habría una coalición de colores como la bandera del orgullo gay. 
Estaba nerviosa y podía palparlo en el ambiente, las encuestas cocinadas en tiempo récord y mal aliñadas disponían un terreno incierto y auguraban complejidades. Pero creo que nadie contaba con que Podemos remontara de esa manera hasta acercarse peligrosamente al PSOE; no podíamos estar seguros de que la apuesta de Ciudadanos se estrellaría después de ser uno de los grandes favoritos y creo que la actual propuesta de Rajoy a pactar con Sánchez nos deja claro que el gobierno ahora mismo es como una bomba de relojería que todos creen saber cómo  desactivar pero que nadie sabe dónde está.  
En el periódico el Mundo me tropecé con la imagen que adjunto al lado y no pude evitar sonreír.  Todos quieren el poder porque sólo hay una cosa más importante que el dinero, el poder.  Todos se pelean por ser el favorito, por coronarse y añadir a su curriculum 4 años de presidencia del Estado o con suerte 8. Todos afirman tener la solución a nuestros problemas, a las pensiones bajas, a la inmigración, al desempleo, al abandono escolar, a la violencia de género, a la corrupción… Pero curiosamente nadie dice nada de la ley del menor, ninguno quiere “mancharse” las manos hablando de que si un niño de 13 años mata a su profesor debe ir a la cárcel o de que si otro niño de 15 años viola a una bebé debe permanecer encerrado hasta que su mente insana se arregle entre los barrotes pero ese tipo de mentes no se sana, no se cura, no se reinserta en la sociedad. Nadie quiere hablar de ello. 
Ahora la prioridad es desenrollar la confluencia de poder que se les estampa contra la cara y que el diálogo pretende encausar. El diálogo… Que me pregunto yo: si todos quieren lo mejor para el pueblo porque conocen a la perfección las necesidades de sus gobernados, ¿por qué no llegan a ningún acuerdo? Claro… El poder. Todos quieren lo mejor para nosotros pero sin soltar el poder porque… ¿Qué sería de Rajoy sin su cargo? Sólo sería una Soraya, una vicepresidenta.
Con la misma incertidumbre que esperaba el 20D ahora espero los siguientes meses de “diálogo” y de paripé hasta que “por el bien del Estado” se unan o pacten creando un gobierno debilucho o hasta que se resignen y convoquen unas nuevas elecciones y vuelta a empezar. 

Desde cero

Dice la IA que hay que reinventarse, que sitios como Blogger son como un coche viejo y seguro, que te lleva de un lugar a otro pero sin GPS,...